El ojo del dolor

"Señorita extraviada" de la cineasta Lourdes Portillo es de una volcánica pero cuidada fuerza emotiva.

En esta obra se documentan eventos y circunstancias de la vida real que son desconocidos o bien conocidos a medias para quien se posiciona como público/espectador. Dicha documentación de intención política consciente (en el más amplio y generoso sentido de estas dos palabras) conlleva una gran carga emotiva lograda mediante el gran oficio de esta cineasta chicana y a las sutilezas de su cámara y de su corazón en la mano, que van involucrando a cada sentido del espectador, dirigiéndose –cual fuego dibujado en el aire denso —al meollo de sus vulnerabilidades. La maestría de las suturas invisibles hace de este documental una obra implacable e impecable que se clava como espina de nopal en el corazón –un corazón individua"l, aunque también necesariamente colectivo. ó

"Señorita extraviada" es una oda a la vulnerabilidad, a la inocencia humanas que aquí se representan en lo femenino; es oda también, paradójicamente, a la desquiciada rabia humana, al odio dolido, doloroso, enardecido por esa vulnerabilidad trémula de la otredad fémina, por su inasible inocencia, cuya pristindad potencía una furia irascible: volcán incontenible que brota, perverso, a flor-fuego de piel.

Y como ironía tenaz, esa misma precaria vulnerabilidad, esa misma inocencia –espuma-mar de vida— le arranca el velo a la verdad, desnudando dolores y vacíos sin fronteras; esa misma que encuentra un terrible-triste refugio el observarse reflejado en la otredad femenina al replicar el dolor, en desmedida adicción a la insaciabilidad que se consume a sí misma, viviendo, descarnada, el sentirse ultrajado, la insaciable perversión de herir lo inasible mismo de la pureza-luz, haciendo uso de su única arma contra sí mismo/las demás: perderse en la violencia, en el sadismo, ver el rojo correr frente a los ojos (abiertos o cerrados, de día y de noche), perderse, ya no ser para poder seguir no siendo. Morir así: gota a gota, ante la víctima-reflejo.

Y si "Señorita extraviada" es espejo, es también mater dolorosa, con el desquicio humano de todos los tiempos en el tierno regazo. Por ello, es también oda a la mirada compasiva --regida por la impecabilidad que exige la forma misma de todo documental de este calibre emotivo y técnico-- hacia las Otras, las hermanas en gracia y en experiencia; es mirada de mater dolorosa que las reconoce marcadas por su género aún antes que por la violencia: estas mujeres nacidas sin pecado original, pero sin Virgen activa que las proteja.

Por ello, este documental es también poema a la solidaridad nacida de la rabia, la misma rabia que surge y se desborda --aunque autocensurada en muchos casos-- en quienes participan del sentir de tantas historias, del saber que hay tantas otras no contadas, todas ellas truncas: el silencio rondando bocas y manos, aunque la mente no las pueda acallar con facilidad…¿Quién sino una activista/artista cineasta comprometida con el dolor de las verdades reales indecibles que aullan en lo nocturno por SER al liberarse/decirse a los cuatro vientos, con la angustia activa de una "wounded healer" de verdadero corazón, podría –más bien, se atrevería— a pisar terrenos donde los ángeles no suelen hacerlo, áreas que todas y todos tememos poblar incluso con la mente?

En lo personal, me parece muy claro que sólo una chicana podría ser quien materne una obra como esta al mundo. Sólo una chicana que cruza fronteras multivalentes y múltiples, comprometida con el dolor inconmensurable de saberse testiga, de asumir a profundidad y con cámara en mano esa testimonialidad viva, se atrevería a verse también en el reflejo, a permitir que la asedien imágenes y vivencias de las otras femeninas que sobreviven la pobreza, viven con el sudor diario, matutino y nocturno de su frente, habitan en familia, hermanadas, inocentes y vulnerables, tesoro único.

Sólo una chicana testiga del vivir y morir de estas mujeres en la misma madre tierra norteña que la parió a ella –recordando el cordón umbilical al arrancarse, doliente aún, una vez camino al norte-norte, a esos USA que usan y tiran, a use-and-throw culture que juega a la catrina, que le cobra la vida a tanto mexicano, se roba a sus hijos y a sus madres; ese nuevo territorio que, también, regala vida nueva, trozos de esperanza…Sólo una chicana que sabe lo que es sentir la espina de nopal encajada en el corazón --sin jamás poder ubicarla o arrancarla porque se arrancaría la vida propia-- sólo una chicana que sabe lo que es vivir en el filo de tantas fronteras de momento a momento se permitiría cruzar esas fronteras hacia el dolor refrendado, entregándose de lleno, con la plenitud sabia de su oficio, a ofrecer un regalo –doloroso, nada fácil de vivir y contar—a nosotras y nosotros los espectadores.

Testimonio-poema, ofrenda de corazón, prístina y politizada, "Señorita extraviada" exhibe con honestidad y compasión el dolor de lo humano que se quiebra y que destroza (a)fuera de sí, (auto)destruyéndose, que sufre una agonía reiterada sin mesura –ya sea como víctima o victimario (los géneros gramaticales aquí son terriblemente apropiados)— intercambiables en el ir y venir del reflejo. Frente a las heridas y al dolor desmesurado que busca, ansioso, las palabras, Gloria Anzaldúa nos recuerda que "nunca hay una resolución, sólo el proceso de sanación" ("there is never any resolution, just the process of healing") –sólo resta permitirse sentir, vivir y ayudar a vivir plenamente procesos múltiples de sanación y, claro está, activarse de maneras creativas y políticas.

Por mi parte, me resta decir un gracias sonoro por lo que me ha aportado de amenra personal el trabajo valiente y comprometido, de gran oficio y de enorme corazón (aún con esa espina de nopal encajada…) de esta obra de Lourdes Portillo.